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Eduardo Lamazón fue una de esas voces que, para muchos aficionados al boxeo en México, no solo narraban peleas: las hacían entender.
Su estilo tenía algo particular, una mezcla entre análisis frío y pasión contenida, como si cada round no solo se contara, sino que se desmenuzara en tiempo real para que el espectador pudiera ver lo que normalmente pasa desapercibido arriba del ring.
Su carrera se consolidó principalmente en la televisión deportiva mexicana, donde encontró en las transmisiones de boxeo su espacio más influyente, especialmente en cadenas como TV Azteca.
Ahí no solo fue narrador, sino también analista, una figura que complementaba la emoción del combate con lectura técnica, contexto histórico y una visión crítica que no siempre buscaba agradar, pero sí explicar con claridad lo que ocurría en cada pelea.
Antes de llegar a la pantalla chica, Lamazón venía del periodismo deportivo tradicional, donde fue afinando su forma de observar el deporte.
Ese origen se notaba en su manera de hablar: no era un narrador improvisado, sino alguien que entendía el boxeo desde sus bases, desde la disciplina del gimnasio hasta la estrategia en el encordado. Con el tiempo, esa formación lo llevó a convertirse en una referencia obligada en las transmisiones de grandes funciones.
Sin embargo, si algo lo distinguió fueron sus opiniones sin filtros. Lamazón no dudaba en cuestionar decisiones de jueces, señalar fallas en el manejo de promotores o incluso poner en duda el desempeño de peleadores en combates cerrados o polémicos.
Esa honestidad lo hizo respetado por muchos, pero también incómodo para otros, especialmente cuando sus análisis rompían con la narrativa oficial de una victoria o de un campeón.
Su voz estuvo presente en combates que marcaron época, narrando peleas de figuras como Julio César Chávez, Erik “Terrible” Morales, Marco Antonio Barrera y Juan Manuel Márquez, entre muchos otros.
Fue parte de noches donde el boxeo mexicano escribió capítulos históricos, y su relato ayudó a que esas funciones quedaran grabadas no solo en la memoria deportiva, sino también en la cultura popular.
Más allá de las peleas, su legado se sostiene en algo más profundo: la forma en que enseñó a ver el boxeo. No como simple espectáculo de golpes, sino como un deporte de estrategia, lectura y detalles.
Para muchos aficionados, Eduardo Lamazón no solo fue un comentarista; fue una guía para entender lo que realmente estaba pasando dentro del ring.
El boxeo mundial perdió a un gran aficionado, uno irremplazable. Descanse en paz.